El cielo sobre la carretera secundaria se había vuelto de un gris plomizo, denso, cargado de una tormenta que amenazaba con romperse en cualquier momento. El motor de la berlina rugía en la penumbra mientras devoraba los kilómetros hacia las afueras de la ciudad, dejando atrás los rascacielos y adentrándose en la vegetación espesa que rodeaba la finca de los Vértice.Dentro del habitáculo, el silencio no era de calma, sino el instante suspendido antes de una explosión.Antonio conducía con la mano izquierda firmemente aferrada al volante, la tela de su chaqueta tensa sobre la quemadura que aún le escocía bajo los vendajes. Su mano derecha, enorme y cálida, envolvía los dedos de Mia sobre el cambio de marchas. No la soltaba. Cada vez que el coche pillaba un bache, los nudillos de Antonio se apretaban contra los de ella con un instinto posesivo, primitivo, como si temiera que el aire se la fuera a arrebatar si aflojaba el agarre un solo milímetro.Mia miraba por la vent
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