El aire en la oficina se volvió denso en cuestión de segundos. El olor a plástico quemado y madera achicharrada atravesó las rendijas de la puerta como una serpiente invisible, mientras el chisporroteo del fuego en la planta baja retumbaba a través de las paredes.
Antonio no lo dudó. Cubrió el cuerpo de Mia con su chaqueta, abrochándole los primeros botones de la blusa con dedos rápidos pero ridículamente cuidadosos en medio del caos.
—Abre la ventana —ordenó él con voz de mando, volviendo a