El yate, de líneas elegantes y color blanco inmaculado, no cortaba el agua con la agresividad de quien busca conflicto, sino con la parsimonia de un visitante que sabe que es bienvenido. Antonio no relajó su postura; sus hombros seguían tensos, protegiendo el costado de Mia, aunque su mano, ahora adornada con una alianza de oro, acariciaba el brazo de ella con un ritmo calmado que desmentía cualquier rastro de pánico.—No es una amenaza —susurró Mia, entrecerrando los ojos para distinguir las luces del puente de mando—. Ese diseño... parece más una embarcación de recreo de largo alcance que un transporte de operaciones tácticas.—Las apariencias en nuestro mundo suelen ser el primer engaño, socia —respondió Antonio, con la voz baja, casi un gruñido—. Pero tienes razón. No hay escoltas, ni señales de radar de bloqueo.El yate redujo la velocidad hasta quedar fondeado a una distancia prudente de la bahía. Un pequeño bote auxiliar, una lancha de fibra de vidrio, se despr
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