El ulular de las sirenas de bomberos amortiguaba el sonido de la lluvia al estrellarse contra el asfalto. Antonio le quitó el teléfono a Mia con una brusquedad felina, leyendo el mensaje de la pantalla bajo la luz roja y azul de las luces de emergencia que iluminaban la calle.
Sus ojos azules, helados y fijos en el texto, se clavaron en la cifra del tiempo: antes del amanecer.
—No vas a ir —dijo Mia de inmediato, aferrándose a la solapa mojada de su chaqueta. La lluvia le pegaba el cabello al