El aire de la oficina se congeló en un segundo. La silueta de Marcos, recortada contra la penumbra del pasillo, proyectaba una sombra deforme sobre el suelo de madera. Su sonrisa torcida, marcada por la cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda desde la noche de la gran redada, destilaba el veneno de quien ha esperado diez años por su venganza.
Antonio no pronunció una sola palabra. Con un movimiento felino y calculado, echó el brazo derecho hacia atrás, pegando a Mia contra su costado, oc