El silencio dentro del coche se volvió tan espeso que parecía tener textura. Las partículas de polvo flotaban en el rayo de sol que se filtraba por la ventanilla trasera, iluminando el rostro de Leo, quien se habías quedado inmóvil con la correa de la mochila en la mano.Los ojos del chico, de un tono castaño tan parecido al de Mia, recorrían cada línea del rostro de Antonio: las canas sutiles en las sienes, la arruga leve entre las cejas que delataba años de tensión acumulada, y sobre todo, esa mirada azul que ya no pretendía devorar el mundo, sino que temía romperse al parpadear.—¿Tú eres... mi papá? —preguntó Leo al fin. Su voz salió un poco más aguda de lo que pretendía, traicionando la coraza de chico mayor que intentaba mantener frente a los demás.Antonio sintió que el aire se le escapaba de los pulmones de golpe. Tragó saliva, con la garganta completamente seca, y asintió despacio, temeroso de que un movimiento brusco rompiera el hechizo.—Sí, Leo —respondió Antonio. Su v
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