El cielo sobre El Cairo se transformó en una fragua infernal. Lo que antes era una red de vigilancia perfecta se convirtió en una lluvia de meteoritos artificiales. Los satélites de la red "Eclipse", cada uno del tamaño de un autobús y cargado con núcleos de energía inestable, empezaron a abandonar sus órbitas. Isabella, en un acto de despecho digital, había decidido que si no podía poseer el mundo, lo reduciría a cenizas.Sebastián se puso de pie, pero ya no era el mismo hombre que había entrado en la torre de radio. La armadura biológica negra, con vetas de un dorado eléctrico, cubría su pecho y brazos como una segunda piel endurecida. Sus sentidos estaban expandidos; podía oír la estática de la ionosfera y sentir el calor de los satélites entrando en la atmósfera a miles de kilómetros de distancia.Sebastián, tu corazón... está latiendo en una frecuencia que no puedo medir dijo Valeria, acercándose a él, con el rostro manchado de hollín y miedo. No te reconozco.Sigo siendo yo,
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