Cruzar la frontera de Nevada fue como entrar en una dimensión donde el tiempo se había fracturado. Las dunas de arena habían sepultado las carreteras, pero al llegar a los restos de Las Vegas, el grupo no encontró ruinas oscuras, sino una explosión de luz artificial que hirió sus ojos acostumbrados a la penumbra del desierto. Los hologramas de antiguos casinos, ahora fragmentados y parpadeantes, se alzaban como fantasmas de cincuenta metros de altura, repitiendo anuncios de lujos que ya no existían.Es una sobrecarga sensorial advirtió Ricardo, cubriéndose los ojos. Némesis mantiene encendida esta zona para confundir los sistemas de navegación de cualquier entidad biológica o mecánica que no esté sincronizada con su frecuencia.Valeria sostenía a Mateo, quien recuperaba la consciencia lentamente. El brazo derecho del niño, ahora una pieza de ingeniería negra y plateada, pesaba como el plomo. Mateo miraba las luces con su ojo de datos, viendo no solo colores, sino las cascadas de c
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