NaiaEl frío de Moscú no es como cualquier otro es un frío que te muerde los huesos, que te recuerda a cada paso que estás en una tierra que no perdona la debilidad al bajar del jet, el viento gélido me azotó el rostro, borrando de un plumazo el último rastro del calor de Grecia que aún quedaba en mi piel.Frente a nosotros, rodeada de un despliegue militar que me dejó sin aliento, estaba Katia. Llevaba un abrigo de piel negro que le llegaba hasta los tobillos y unos guantes de cuero impecables sus ojos grises, idénticos a los de Artem, recorrieron la pista con una autoridad que nunca le había visto en Nueva York allí era la hermana protectora aquí, en suelo ruso, era una soberana.Artem me tomó de la mano, pero Katia se adelantó, ignorando por un segundo a su hermano para envolverme en un abrazo, su perfume, una mezcla de sándalo y algo metálico, me envolvió.—Estás a salvo ahora, Naia —susurró en mi oído antes de separarse luego miró a Artem y asintió con una seriedad profesion
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