Naia
El silencio de mi habitación no era paz era una losa de hormigón que me aplastaba el pecho me encontraba sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra la pesada puerta de madera noble que Artem había ordenado cerrar con llave.
Mis manos aún temblaban, no solo por el frío residual del exterior tras mi intento de huida, sino por la rabia impotente que me consumía.
Escuchaba el eco de sus palabras: “Cerrad la puerta por fuera doblad la guardia”. Me trataba como a un objeto peligroso,