Bianca había decidido que el accesorio perfecto para el cuadro era un pañuelo de seda de edición limitada que colgaba con elegancia desde su cuello. Lo que no tuvo en cuenta es que, para Missiu Leguau, cualquier cosa larga, sedosa y que se balancea es, por definición, una presa.La gata siamesa estaba agazapada sobre un estante de libros, observando el pañuelo con ojos dilatados. Mía vio la intención en los ojos de su gata, pero "olvidó" avisar.Con un salto silencioso y perfecto, Missiu aterrizó sobre el respaldo de la silla de Bianca. En un abrir y cerrar de ojos, sus garras se engancharon en el pañuelo.—¡Aaaah! ¡Quítenmela! —gritó Bianca cuando sintió el tirón en su cuello.Missiu, asustada por el grito, tiró con más fuerza, arrastrando el pañuelo (y el peinado de Bianca) hacia el suelo. En el caos, Bianca tropezó y terminó sentada en el suelo, rodeada de botes de pintura, mientras Missiu corría a refugiarse entre las piernas de Julián.— ¡Mi pañuelo! ¡Mi cabello! ¡Julián, esto es
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