Allí estaba Missiu Leguau, asustada y con el pelo erizado, pero sana y salva. Julián se metió en el barro para sacarla y se la entregó a Mía. La gata se aferró al cuello de Mía como si su vida dependiera de ello.
—Gracias, gracias... —repetía Mía, abrazando a la gata y, de paso, a Julián.
Cuando regresaron a la mansión, se encontraron con Bianca en el salón, bebiendo una copa de champán con aire aburrido.
—Vaya, qué drama por un animal —dijo Bianca, sin notar que sus zapatos de seda tenían rast