MAXIMILIAN FERREROEl silencio que siguió a la partida de Victoria en el sótano no era paz; era una presión sorda que me zumbaba en los oídos. Me quedé allí, sentado en la silla de acero que se había convertido en mi trono de espinas, con la piel del pecho todavía ardiendo por los latigazos y el aroma de ella —ese jazmín mezclado con el rastro metálico de mi propia sangre— impregnado en mis pulmones.Estaba furioso. Un odio volcánico burbujeaba en mi pecho, pero lo que más me enfurecía no era el dolor físico, sino la traición de mi propio instinto. Me odiaba porque, al poseerla, algo en mi arquitectura emocional se había quebrado. Durante meses me dije que la destruiría, que cada caricia sería un paso hacia su ruina, pero cuando la tuve bajo mi cuerpo, cuando sentí sus sollozos contra mi cuello y ese grito de posesión escapó de mi garganta, la verdad me golpeó: ya no era solo venganza. Era un reclamo. Ella me había robado mi libertad, y yo, en respuesta, le había robado el alma.Con u
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