MAXIMILIAN FERREROHabían pasado dos semanas desde que el mundo me dio por muerto oficialmente. Dos semanas en las que mi vida se redujo a los muros de esta mansión de montaña, dividida entre el código binario de mi estudio y la presencia constante de las dos mujeres que ahora definían mi existencia.Lo que más me perturbaba no era el cautiverio, sino la forma en que este estaba mutando hacia algo mucho más peligroso: la ternura.Entré en la suite de mi madre a media tarde. Me detuve en el umbral, paralizado por la escena. Victoria estaba sentada al borde de la cama, vestida con un suéter de lana suave, despojada de su armadura habitual de seda y poder. Tenía un libro de poemas entre las manos y le leía a mi madre en voz baja, con una entonación pausada, casi maternal.Mi madre sonreía, su rostro recuperando un color que no veía desde antes del accidente. Victoria levantó la vista y, al verme, me dedicó una sonrisa pequeña, cargada de una
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