La cueva olía a humedad antigua y decisiones que nadie quería tomar. Me senté contra la pared de roca, el hombro izquierdo pulsando con cada latido. La bala seguía ahí, alojada entre músculo y hueso, un recordatorio metálico de que habíamos sobrevivido, pero no sin precio. Vera había dicho que podía esperar hasta mañana para la extracción, que el sangrado era mínimo, que había prioridades más urgentes.Como enterrar a Henrik.Lo habían envuelto en lona impermeable del bote, sin ceremonia, sin palabras. Dieciocho años de hermandad falsa no merecían eulología. Tomás y Emil lo habían arrastrado más allá de la línea de marea alta, a un claro entre rocas donde la tierra era lo suficientemente blanda para cavar. No profundo, solo suficiente para que las aves marinas no lo desenterraran.Dante no había ido. Se había quedado en la playa, mirando el horizonte gris donde el sol nunca terminaba de aparecer completamente.Ahora estaba aquí, de pie en la entrada de la cueva que compartíamos, su si
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