Edgar conducía con ambas manos firmes en el volante, los ojos fijos en la carretera, pero la tensión en su cuerpo delataba que, en realidad, no estaba allí. La mandíbula apretada, el maxilar duro, como si cada pensamiento fuera una batalla.Laura iba en el asiento del copiloto. Observaba su perfil con atención, con el pecho oprimido desde la noche anterior.Respiró hondo antes de hablar, escogiendo las palabras con cuidado… pero sin perder la firmeza.—Negro… —le tocó suavemente el brazo, en un gesto contenido—. A ver si no pierdes la cabeza como ayer si algo sale mal. —la voz le salió baja, seria—. No quiero volver a verte así. Nunca más.Edgar desvió la mirada un segundo, mirándola de reojo. Luego volvió la atención al volante.—Estaba al límite del estrés —dijo, con un tono cargado de culpa—. Marcela consiguió sacar lo peor de mí. —respiró hondo, tragando saliva—. Fue el peor error de mi vida.Laura se mordió los labios. Su mirada titubeó, y lo admitió, casi en un susurro.—Ayer me
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