Las rosas rojas llegaron a las nueve de la mañana, un ramo obscenamente grande que apenas cabía por la puerta del departamento de Camila.Dante las sostenía con la expresión de un hombre derrotado, los hombros caídos y la mirada suplicante. Había ensayado frente al espejo durante horas, practicando cada gesto, cada inflexión de voz, cada pausa calculada para parecer auténtico. La actuación de su vida comenzaba ahora.Camila abrió la puerta en bata de seda, el cabello revuelto de quien acaba de despertar. Su expresión pasó de la sorpresa a la satisfacción en menos de un segundo, como si hubiera estado esperando este momento desde que lanzó la bomba del embarazo.—Dante. —Su voz destilaba una dulzura venenosa—. Qué sorpresa tan... inesperada.—Necesitaba verte. —Él extendió las flores como una ofrenda de paz—. Necesitaba decirte que me equivoqué.Camila tomó el ramo con deliberada lentitud, sus uñas perfectamente pintadas rozando los dedos de Dante en un gesto que pretendía ser casual p
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