Elena Vargas no había dormido en treinta y seis horas.
Los expedientes médicos cubrían cada superficie disponible de su despacho: el escritorio, las sillas de visita, incluso parte del suelo alfombrado. Tazas de café frío formaban un cementerio de cerámica entre montañas de papel, y sus ojos enrojecidos luchaban por mantenerse enfocados en la pantalla de su computadora.
La rueda de prensa de Camila había sido un espectáculo magistral. Lágrimas perfectamente cronometradas. Voz quebrada en los mo