Las sillas del piso dieciséis tenían el tipo de comodidad que se compra para convencer a la gente de que trabaja mejor de lo que trabaja: firme, neutral, diseñada para que nadie se queje y nadie se duerma. Valentina había pedido un cojín lumbar la semana anterior. Nadie preguntó por qué. Lo pusieron sin preguntas, y eso era exactamente cómo debía funcionar un equipo que entendía su trabajo.Tenía veinte semanas de embarazo y una presentación de treinta y siete diapositivas.Las dos cosas coexistían sin negociación posible. Así habían sido los últimos cinco meses desde que descubrió que Esperanza existía: todo al mismo tiempo, todo real, nada en pausa esperando que otra cosa terminara.—Buenos días. —Valentina abrió la sesión con la puntualidad exacta de siempre—. Tercer trimestre fiscal. Vamos al punto.La sala tenía ocho consejeros alrededor de la mesa de vidrio.Siete miraban la pantalla.El octavo, Gerardo Garza, miraba el vientre de Valentina con la discreción de quien cree que di
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