Garza llegó exactamente a las diez.
No un minuto antes. No uno después.
La puntualidad del hombre que ha decidido que llegar a la hora precisa es una declaración de poder, que el tiempo exacto comunica algo que la llegada temprana o tardía no puede comunicar igual.
Saludó con el circuito habitual: apretón de mano al primero, asentimiento al segundo, la sonrisa calibrada del hombre que sabe que lo observan y que ha practicado exactamente cuánto mostrar.
Ocupó su silla.
Puso el bloc sobre la mesa