La tarde siguiente olía a polvo y a madera vieja.El estudio de Elena llevaba abierto tres semanas. No porque alguien lo hubiera decidido de golpe. Sino porque la renovación había llegado hasta ahí de la única manera en que llegaban las cosas difíciles: despacio, sin que nadie lo ordenara, con la lógica tranquila de lo que tiene que pasar.Valentina había entrado la primera vez con Sebastián, a principios de mes. Habían encendido la luz. Se habían quedado parados en el umbral unos segundos, mirando el escritorio de caoba oscura y la silla giratoria y las estanterías con libros que nadie había tocado en veinte años. Sebastián no había dicho nada. Valentina tampoco. Luego él había entrado, había pasado los dedos por el lomo de tres libros, y había dicho: —Era su lugar favorito. Nada más. Después habían salido y habían acordado dejarla a ella supervisar el vaciado cuando llegara el momento.El momento era hoy.Los de la mudanza habían terminado con las estanterías a las cuatro de la tard
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