El despertador sonó a las siete.
Valentina lo apagó antes de que terminara el primer ciclo. Lo hacía siempre. No porque tuviera prisa de levantarse sino porque el sonido continuo del despertador le producía el tipo de irritación que no valía la pena acumular antes del café.
Sebastián no se movió. Seguía dormido con la determinación pasiva de quien ha aprendido que si permanece absolutamente inmóvil hay una probabilidad estadística no despreciable de que el mundo le conceda diez minutos más. El