El dolor en mi mano derecha no era una pulsación; era un incendio forestal que se negaba a extinguirse. Cada vez que intentaba mover un dedo, una descarga eléctrica recorría mi brazo hasta la nuca. Pero el dolor físico era manejable. Lo que no podía soportar era el peso de la mirada de Spencer Blackwood, que seguía ahí, estático, como una de sus malditas estatuas, observándome desde el rincón de la habitación.—¿No tienes una empresa que dirigir? —pregunté, con la voz todavía rasposa. Me dolía hablar, me dolía respirar, pero mi orgullo seguía intacto.—Mi empresa funciona perfectamente sin que yo esté presente cada hora, Donovan. Tú no —respondió él con esa seguridad insultante.Bufé y aparté la mirada. Con mi mano izquierda, la única que me servía, alcancé mi teléfono que estaba en la mesa de noche. Necesitaba moverme rápido. Mis hermanos no podían enterarse de esto. Si Liam veía mi mano, quemaría el edificio Blackwood con Spencer dentro; y si Chloe se enteraba, me obligaría a volver
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