El sonido de la obra siempre me había parecido una sinfonía, pero hoy era solo ruido. Un estrépito constante de metal contra metal que retumbaba dentro de mi cráneo, amplificando el vacío que sentía desde que decidí que Spencer Blackwood solo sería "el jefe". Cumplir con mi parte del trato —ser la herramienta perfecta, la arquitecta que no siente, la que no refuta— estaba drenando mi energía más que cualquier jornada de dieciséis horas.
—Casey, por el amor de Dios, deja de moverte como un autóm