Las paredes de la clínica privada eran de un blanco quirúrgico, un color que siempre había asociado con la limpieza y el orden, pero que ahora me resultaba repulsivo. El olor a antiséptico se mezclaba con el rastro de polvo de obra que todavía impregnaba mi ropa. No me había movido de este sillón en cuatro horas. Ni siquiera cuando el médico salió para decirme que habían logrado reconstruir los huesos de su mano, que no habría pérdida de movilidad permanente, pero que el trauma físico y el shoc