El regreso al mundo real fue como un golpe de aire gélido. Al entrar en el edificio de la corporación, el zumbido de los ordenadores y el murmullo de los empleados me hicieron sentir que los quince días en el ático habían sido una alucinación febril. Pasé todo el día sumergida en planos, ignorando las miradas inquisitivas de mis colegas y las punzadas de dolor que aún sentía en la mano. Spencer no apareció en toda la jornada. Su ausencia era un vacío físico que me costaba ignorar, una presión en el pecho que me recordaba que, aunque estuviéramos en el mismo edificio, el "Rey de Hielo" había vuelto a ponerse su armadura.Sin embargo, cuando el sol se ocultó y las oficinas empezaron a vaciarse, mi teléfono vibró. Un mensaje corto, seco, autoritario: “A mi oficina. Ahora”.Crucé el umbral de su despacho con el corazón galopando. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por las luces de la ciudad que se filtraban por el ventanal. Spencer estaba de pie, de espaldas, mirando hacia e
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