Capítulo 60: Sin ruedasEl regreso de Sarah al ático fue una fiesta silenciosa.Damián y Elena habían llenado el salón de flores blancas. No había música alta, solo el sonido de la lluvia golpeando suavemente los cristales.Sarah entró con Mateo en brazos. Caminaba despacio, todavía dolorida, pero sonreía.—Huele a jardín —dijo ella, respirando hondo.—Es para limpiar el aire —dijo Elena, abrazándola con cuidado—. Queríamos que Mateo oliera flores, no gasolina.James Sterling estaba en el sofá, rodeado de papeles y tabletas. Se levantó de un salto al verlos.—¡Ahí está el campeón! —dijo bajando la voz—. Bienvenido a casa, pequeño. Tu tío James te ha comprado acciones de Apple. Cuando tengas dieciocho años, serás rico.Sarah se sentó en su sillón favorito. Mateo dormía, ajeno a todo.—Gracias, chicos. De verdad. No sé qué haría sin vosotros. —Sarah miró a Damián—. Pero ahora, hablemos de trabajo.—Sarah, acabas de llegar —le riñó Damián—. Estás de baja. Prohibido hablar de trabajo.—No
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