Roth no se atrevió siquiera a tocarla, no la empujó, no la sujetó, la siguió desde atrás, de cerca.Él detallaba cada uno de sus movimientos, sintiendo el golpe del aroma que ella dejaba por todo el camino, al tiempo que su lobo lo arañaba desde el pecho, exigiéndole tomarla, exigiéndole marcarla.Pero él no lo haría, no pensaba hacerlo, ella no era su destino, no podía serlo, para Roth, su destino era más grande que eso.Así bajaron las escaleras de la torre, en silencio, el guardia que acompañaba a Roth lo esperaba en la salida del edificio, ambos escoltaron a Liana, está vez, caminando a su lado.A medida que avanzaban hacia el centro del claro, los abucheos y las malas caras de la manada fueron en aumento, insultos, gritos, todo dirigido a la luna perfecta de Eros, Liana.Mientras tanto, aunque en silencio, Roth se mantenía lo suficiente cerca de Liana como para que nadie dudara de que, si alguien intentaba algo, tendría que pasar por él primero.Y alguien lo intentó, el pri
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