El dolor no fue lo primero que despertó a Ares, fue el silencio.Un silencio que para él era antinatural, sin el sonido del bosque, sin el sonido del viento, sin los aullidos, un silencio que no pertenecía a sus noches ni a sus amaneceres.Ares abrió los ojos con dificultad, la piedra húmeda sobre la que descansaba su espalda, estaba fría, tan fría que le calaba hasta los huesos. El aire olía a moho, sangre vieja y la liga del platino con mercurio, ese olor era lo peor, esa liga no solo quemaba su piel, sino que quemaba a su lobo interior, lo mantenía dormido, contenido, atrapado bajo la carne.Ares intentó moverse y al instante se dio cuenta de que fue un error, las cadenas vibraron al instante, tensándose alrededor de su tobillo y esos, no eran simples grilletes.Cada cadena, cada barrote, cada piedra en esa prisión, estaba grabada con runas antiguas, símbolos diseñados específicamente para un alfa, por lo que, cada movimiento, le arrancaba a Ares un latigazo de dolor que le r
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