Era media noche y el bosque estaba más oscuro que de costumbre, no se veía la luna, una espesa niebla la había cubierto. Leo recorría los alrededores de la manada, como siempre lo había hecho, era el turno del alfa patrullar esa noche, sin embargo, Leo le había prometido cubrirlo y unos cuantos lobos lo acompañaban, para cubrir más terreno.De pronto, se escuchó un ruido, pero no era un ruido cualquiera, no era un ruido más del bosque, era una pisada, seguida de otra y otra, ramitas partiéndose y hojas secas crujiendo bajo un peso.Leo levantó las puntas de sus grandes orejas, poniéndose en modo alerta, los pelos de la nuca se le erizaron antes incluso de escuchar el primer crujido entre las ramas. Ese ruido no provenía de sus compañeros, venía de otra dirección, de las afueras de su frontera y se venía acercando muy rápido.Leo fue el primero en sentirlo, atrás de él, sus compañeros se activaron creando un arco, una hilera de tres lobos más de la ma
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