Al día siguiente, Althea, Chase y Josh ya estaban en la playa. Fiel a su palabra, Chase rentó una franja privada de costa, lejos de la multitud de turistas, solo para ellos tres. Una amplia extensión de arena blanca se abría ante ellos, con olas suaves lamiendo la orilla mientras la brisa marina revoloteaba entre el cabello de Althea.Josh salió disparado hacia la arena entre risas, seguido por un miembro del personal que Chase asignó para cuidarlo. El niño se dedicó a construir un castillo de arena chueco, dejando a Althea y Chase caminar uno junto al otro a la orilla del agua.—No puedo creer que de verdad lo hiciste —dijo Althea, todavía con un tono de asombro—. Rentaste una playa entera solo para nosotros. Pero... gracias. Ver a Josh reír así lo vale todo.—Por ti, más que por nadie —respondió Chase, metiendo las manos en los bolsillos—. Mereces paz. Después de todo lo que pasaste, quiero que por fin respires sin miedo. Y Josh, claro que tiene que ser feliz. Si está a mi alcance, m
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