— Jared, no cruces tus limites, agradezco tu predisposición de protección, pero no es necesario que te ensucies la mano para protegerme.— Tu no entiendes que mi mundo funciona de esa manera, Amanda. Acostumbro a ensuciarme las manos.La tensión no se disipó. No después de las palabras. No después de las miradas. No después de ese silencio espeso que parecía contener un incendio a punto de estallar. Amanda seguía allí, de pie frente a Jared, con el corazón golpeándole las costillas como si quisiera huir. La ira aún vibraba en su sangre, pero ahora estaba mezclada con algo más peligroso. Algo que no tenía nombre, pero que ardía. Jared no se movía. La observaba con una intensidad que no pedía permiso, que no suplicaba, que simplemente tomaba. Sus ojos azules ya no eran solo furia: eran tormenta, profundidad, abismo.— No estoy acostumbrada a ese mundo.— Para eso estás casada conmigo, para ir acostumbrándote. Día a día vas a ir acostumbrándote a mi vida a mi mundo, no esperes que este m
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