El calor de la avioneta calcinada les golpeaba la espalda, pero el frío que emanaba de la fotografía en manos de Elara era mucho peor. Ella sostenía el papel con dedos rígidos, mirando al Nicolás Leone del pasado.— Él estuvo ahí — susurró Elara, su voz quebrándose como cristal bajo presión — Estuvo en mi infancia, en mis recuerdos... ¿Cómo es posible que no lo supiera?Dante se acercó, el resplandor de las llamas bailando en sus ojos grises. Le arrebató la foto y la guardó en su bolsillo sin mirarla, sujetando a Elara por los hombros con una firmeza que rozaba el dolor.— Porque el mundo en el que naciste no era un hogar, Elara. Era un tablero — sentenció Dante, obligándola a mirarlo — No te permitas desmoronarte ahora. Tenemos que movernos.La radio de emergencia, medio derretida entre los escombros, volvió a chirriar. La estática se aclaró, revelando de nuevo la respiración pesada y sibilante de Nicolás Leone, pero esta vez, el tono era diferente.— No los voy a matar todavía — dij
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