El coche se detuvo en una de las calles estrechas de Hialeah, lejos de los rascacielos de cristal y el brillo artificial de Brickell.El aire aquí olía a café, a humedad y a una realidad que Iván Lockwood siempre había mirado desde la distancia, para Alma, era el olor de su casa, una mezcla de seguridad y miedo que ahora la golpeaba con la fuerza de un naufragio.La casa de la madre de Alma era una estructura pequeña, con la pintura descascarada pero las ventanas impecables.Era el único lugar donde Iván, con su perfil de magnate y sus fotos en los tabloides, no encajaba, y precisamente por eso era el escondite perfecto, los primeros días de su huida de la mansión los pasaron allí, refugiados tras las viejas cortinas de encaje, mientras el mundo exterior ardía bajo las órdenes de la Jueza Davis.La madre de Alma, una mujer que llevaba el cansancio de los años
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