El silencio que siguió a mis palabras fue más pesado que los meses de aislamiento en el sótano. Dante permanecía de rodillas, con los hombros hundidos, mientras el doctor Arnault retrocedía hacia la puerta, buscando una salida que no existía. Elena, acorralada contra la pared de nuestra habitación, respiraba con dificultad, sus ojos moviéndose frenéticamente como los de una rata atrapada.—Dante, por favor... —susurró Elena, intentando un último ruego—. Lo hice por nosotros. Ella no te merece, ella solo quería tu dinero... Yo te amo desde que éramos niños...Dante se puso de pie lentamente. No había rastro del hombre que la abrazaba con ternura hacía apenas unas horas. Se giró hacia ella y, por un segundo, creí que perdería el control, pero su furia era de las que se sirven congeladas.—¿Amor? —la voz de Dante cortó el aire como un látigo—. El amor no secuestra, Elena. El amor no mata de hambre a una mujer embarazada ni falsifica registros de vuelo para destruir una familia. Lo que tú
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