Dante no aceptó la derrota con silencio. Durante los dos meses siguientes, convirtió la mansión en un altar de arrepentimiento. Las flores frescas llegaban cada mañana, los mejores abogados intentaban retrasar la firma de la separación y él mismo dormía en un sofá frente a mi puerta, temiendo que, si cerraba los ojos, yo desaparecería como un fantasma.—Ariel, por favor, solo una oportunidad —suplicaba cada vez que me veía cruzar el pasillo—. He creado un fideicomiso para el bebé, la casa de la playa está a tu nombre, todo lo que tengo es tuyo.—No quiero tus edificios, Dante. Quería tu confianza, y esa no se puede comprar en una notaría —le respondía yo, sin detener mi paso.Pero el destino tiene su propia forma de forzar los encuentros. Una noche de tormenta, el dolor que tanto temía y esperaba me dobló por la mitad. El bebé no iba a esperar a que los papeles estuvieran firmados.—¡Dante! —el grito escapó de mi garganta antes de que pudiera procesarlo.Él entró en la habitación en u
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