Me entregaron mi celular como si me estuvieran haciendo un favor, como si no me perteneciera. Dudé al presionar las teclas. No sólo porque estaba a punto de pedirle una gran cantidad de dinero al hombre que tomó mi vientre como rehén, sino por lo que me pediría a cambio.
Me odié a mí misma por recordar su número a pesar de haber pasado diez años. Y mucho más, porque al llamar me apareció una notificación avisando que el número estaba bloqueado.
Cosa que había hecho la misma noche que terminamos, decidida a no volver a tener contacto con él. Y aquí estaba, desbloqueando su número para salir de este aprieto, porque sabía lo que estos hombres eran capaz de hacer con tal de obtener su dinero.
Al primer timbrazo, respondió.
—¿Dónde carajos estás? —Escuché algo romperse al otro lado de la línea, posiblemente un jarrón—. Vine a buscarte para marcharnos y no estás. ¡Te escapaste! ¿Con quién te fuiste? ¿A dónde te fuiste?
No era momento para pelear con él sobre eso. Mucho menos c