Estaba oscuro y me sentía tan ligera como una pluma.
La mejilla me dolía, justo donde Enrique me propinó el derechazo de mi vida. Y por defecto, toda la cabeza me martilleaba.
Unas manos cálidas y grandes ahuecaron mis costillas. Abrí los ojos al instante, sintiendo la pesadez de mis párpados.
Estaba en una cama, con la blusa abierta, mostrando mi poco atractivo sostén mientras unas manos recorrían mi torso sin vergüenza alguna.
Me sobresalté al instante, con mi visión afectada. Me sentía como una borracha.
—Shhh, está bien, Catrina. Soy yo —La voz de Connor era baja, suave, como si tratara de no asustarme.
Tras varios parpadeos, por fin pude distinguir el rostro de Connor, sus ojos verdes me veían fijamente, con aquella expresión que me hacía pensar que albergaba tanto una gran necesidad como oscuridad.
Al percatarme que las manos le pertenecían a él, mi cuerpo traicionero se relajó, hundiéndose nuevamente en la cama.
—¿Qué haces? —pregunté, percatándome que nos encontrábamos