Estaba oscuro y me sentía tan ligera como una pluma.
La mejilla me dolía, justo donde Enrique me propinó el derechazo de mi vida. Y por defecto, toda la cabeza me martilleaba.
Unas manos cálidas y grandes ahuecaron mis costillas. Abrí los ojos al instante, sintiendo la pesadez de mis párpados.
Estaba en una cama, con la blusa abierta, mostrando mi poco atractivo sostén mientras unas manos recorrían mi torso sin vergüenza alguna.
Me sobresalté al instante, con mi visión afectada. Me sentía c