Un escalofrío recorrió mi columna y mi corazón no dudó en golpear con fuerza contra mis costillas.
Mis ojos fueron en todas direcciones, en busca de ayuda, de alguien que estuviera pasando, pero no había nadie. Estaba sola.
—Puedes llevarte mi cartera, solo no me lastimes —dije con sensatez, siendo consciente de que sería estúpido luchar por unos pocos billetes y un celular que está más dañado que mi historial crediticio.
En eso, una minivan se detuvo a mi lado y pensé en gritar, pero rápidamente me di cuenta que eran cómplices.
—Si esa cartera tiene el dinero que nos debes, la tomaré. De lo contrario, no me interesa —dijo la voz masculina detrás de mí.
«El dinero que nos debes»
Ya sabía quiénes eran.
El hombre me dio la vuelta y mi espalda terminó chocando con la puerta de la minivan. Al tenerlo frente a mí, confirmé mis sospechas. Era uno de los hombres de Enrique, mi prestamista.
—¿Qué quieres? —Me atreví a preguntar, observando el arma que ahora estaba contra mi vient