Llegó la primavera y, con ella, el valle floreció con una fuerza desbordante. Los pastos verdosos cubrieron las colinas que meses atrás estuvieron sepultadas por la nieve, y el aire fresco del campo trajo consigo el aroma del jazmín y los robles en flor. La luz del sol matutino entraba de lleno por las grandes ventanas de la casona, iluminando cada rincón de madera y piedra con un resplandor cálido.En el gran jardín trasero, la vida transcurría con una serenidad absoluta. Anton corría detrás del cachorro Capitán sobre el césped alto, mientras doña Leonor permanecía sentada bajo la sombra de un nogal, tejiendo despacio mientras observaba a la pequeña Lana jugar con un cubo de figuras de colores sobre una manta tendida en el suelo.Isabella caminaba despacio por el sendero de gravilla, sosteniendo a Arturo en sus brazos. El bebé, que ya tenía cuatro meses, miraba a su alrededor con ojos atentos y vivaces, respondiendo a la voz de su madre con pequeños gorjeos de curiosidad. Isabella ve
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