—Entendido, señor Peterson. El coche está listo abajo —respondió el chofer, sacando su teléfono para dar las instrucciones de inmediato.Isabella se quedó en el umbral de la biblioteca, viendo cómo las puertas del ascensor se cerraban, llevándose a su esposo hacia el peligro de la ciudad. Se giró lentamente y regresó a la sala de estar, donde doña Leonor seguía sentada con Anton.—¿Todo bien, hija? —preguntó doña Leonor, mirando el rostro pálido de Isabella—. Tardaron mucho en esa habitación.Isabella tragó saliva, forzando una sonrisa ligera para no alarmar a su madre ni al niño. Se acercó y se sentó en la alfombra, al lado de Anton, tomando una de las piezas del rompecabezas que el niño tenía abandonadas.—Sí, mamá. Todo está bien. Leo tenía que revisar unos contratos pendientes de la empresa, pero prometió regresar para la cena —respondió Isabella, aunque por dentro sentía que el tiempo avanzaba como una bomba de tiempo.—Tía Isa, ¿el tío Leo me va a llevar a ver los caballos otra
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