Celeste despertó de manera paulatina, abriendo los ojos con lentitud mientras su conciencia regresaba poco a poco. La tenue claridad del amanecer comenzaba a filtrarse a través de los ventanales, iluminando la alcoba con una luz suave y difusa.En aquel territorio, el sol rara vez se mostraba en todo su esplendor; el cielo permanecía casi siempre cubierto por nubes densas que otorgaban al paisaje un matiz frío y apagado. Por ello, más que un amanecer brillante, lo que envolvía la habitación era una claridad discreta, suficiente para delinear las formas sin disipar del todo las sombras.Aún adormecida, giró ligeramente el rostro y, al hacerlo, su atención se detuvo en la figura que reposaba a su lado. Allí, ocupando el espacio contiguo en la cama, yacía un hombre de complexión imponente. Su torso desnudo, firme y bien definido, se elevaba y descendía con una respiración tranquila; sus brazos, fuertes y marcados, descansaban relajados a los costados. Dormía boca arriba, con la cabeza li
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