Sigrid no pudo ocultar el impacto que le provocaron aquellas palabras. La confesión de su hija hizo que la culpa y la tristeza se reflejaran en su rostro al instante. Sin perder tiempo, se acercó a ella y tomó sus manos con suavidad, como si buscara aferrarse a ese contacto para reparar, aunque fuera en parte, el daño que sin saberlo había causado.
—Lo siento… perdóname. Nunca quise que te sintieras de esa manera. Todo lo contrario… siempre he intentado que ninguna de las dos tenga que competir