Varios días después de haber partido, Nayla finalmente llegó a Ford. La carroza cruzó los portones del palacio y se detuvo en el patio principal, donde los sirvientes y guardias aguardaban para recibirla y encargarse de su equipaje.
Ella descendió, ajustando ligeramente su vestimenta, y se dispuso a ingresar al interior como lo haría en cualquier otra ocasión, sin sospechar que aquel regreso distaría mucho de ser ordinario.
Apenas había dado unos pasos cuando una voz la detuvo.
—Señorita…
Nayla