Minutos después, la quietud de la habitación se vio interrumpida por el leve sonido de la puerta al abrirse. Celeste, aún sumida en sus pensamientos y con la imagen de aquel hombre grabada en su mente, dirigió la mirada hacia la entrada con una expectación casi involuntaria.
Durante un instante fugaz, creyó que se trataba de él, que regresaba de nuevo. Sin embargo, no era él.
Quien cruzó el umbral fue Nayla, y su expresión reflejaba alivio.
—¡Celeste, estás bien! —exclamó al verla despierta.
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