Vania también estaba nerviosa, aunque intentaba aparentar lo contrario, y no es que fuese por aquel joven, era más bien porque no sabía cómo reaccionaría Felicitas.De esta visita dependía cómo sería a futuro, ella sabía que no era nada fácil, ya que en su embarazo había vivido una montaña de angustias, sinsabores y momentos de dolor, los cuales, por más que lo intentó, inevitablemente se los transmitió a su pequeña Felicitas.—Hija, ¿de verdad estás segura de tu decisión? Tu padre no quiere ni ver a aquel tipo, y honestamente, de mi parte, puedo decirte que concuerdo con él.—Mamá, sé que suena como una locura, pero es lo correcto. Felicitas tiene un padre, el cual no se niega a conocerla y estar presente en su vida. Sé que no es fácil, pero no le voy a negar esa oportunidad, se lo debo a su hermano. —expresó Vania recordando con un nudo en la garganta a aquel hombre que la salvó. —Entiendo que lo que ocurrió entre Paolo y yo fue, bueno, no sé cómo podría llamarlo…—¿Un tormento?—Sí,
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