El amanecer llegó sin estruendo, como si respetara lo que habían vivido la noche anterior. Valeria se levantó primero, preparándose para volver a la rutina que nunca se detenía. Se vistió con calma, con esa serenidad que solo queda después de una noche en la que el cuerpo y el corazón quedaron en paz.Adrián la observó en silencio desde la cama.Nada en ella era distinto, y aun así todo lo era.El día los reclamó pronto. Reuniones, correos, decisiones, llamadas. Frente al mundo volvieron a ser la pareja poderosa que la empresa ya reconocía: profesionalismo impecable, miradas breves, sonrisas contenidas. Nadie podía imaginar que, bajo esa normalidad, algo definitivo se estaba gestando.Adrián, en cambio, no podía pensar en otra cosa.Cada vez que la veía cruzar un pasillo, cada vez que escuchaba su voz firme en una reunión, la certeza se asentaba más fuerte en su pecho. No era impulso. No era necesidad. Era una decisión clara, madura, irreversible.Mientras avanzaba la jornada, comenzó
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