La mañana del día siguiente, Lucía se despertó antes de que sonara el despertador. Se quedó un rato mirando el techo, pensando en lo que le esperaba. Un café. Solo un café.Se levantó, se duchó, y abrió el armario. La ropa de siempre: blusa clara, pantalón oscuro. Lo cogió, lo dejó en la cama, y se quedó mirándolo. Luego miró hacia el fondo del armario, donde colgaba una blusa de seda color marfil que hacía meses que no usaba. Más favorecedora. Más femenina.—No —dijo en voz alta—. Es solo un café.Volvió a coger la ropa de siempre, pero en el camino hacia la cama se detuvo frente al espejo. Se miró. El pelo recogido en una coleta, la cara lavada. Sin maquillaje. Así iba siempre.Así iría hoy.A los dos pasos, giró sobre sus talones y volvió al espejo. Del cajón de la mesilla sacó el pintalabios, un tono rosado suave que llevaba años sin usar. Se lo aplicó con cuidado, mirándose fijamente a los ojos, como retándose a sí misma. Luego, la máscara de pestañas. Un par de toques y ya estab
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