Al salir del edificio, Karina corrió tras Avana con el rostro desencajado y la desesperación latiéndole en el pecho como un tambor furioso.—¡Avana, no hagas esto! ¡No te desquites conmigo usando a una pobre bebé!Su voz se quebraba, pero su orgullo aún intentaba sostenerla.Avana se detuvo apenas un segundo. Rodó los ojos, cansada. No quería escucharla. No quería volver a sentir esa punzada de compasión que, a pesar de todo, todavía existía en algún rincón de su corazón.—Déjame en paz, Karina —respondió con frialdad—. No puedo ayudarte. Entiéndelo de una vez.—¡Tu hijo puede salvarme! —gritó Karina, aferrándose a esa última esperanza como si fuera el único salvavidas en medio del naufragio.Avana apretó la mano de Álvaro, que permanecía firme a su lado.—Por última vez —dijo con voz firme, aunque por dentro le temblaba el alma—, no arriesgaré a mi hijo por ti.El silencio que siguió fue pesado, insoportable.Karina la miró con los ojos inyectados en rabia y dolor.—¡Perra! ¡Espero qu
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