Marianne sintió que el aire de la habitación del hospital se volvía pesado, casi irrespirable. Las paredes blancas, limpias hasta la obsesión, parecían cerrarse sobre ellas.
El olor a desinfectante se mezclaba con el silencio espeso que solo existe en los lugares donde la vida y la muerte se miran de frente.
Avana yacía recostada sobre la cama, más pálida de lo normal, con los labios resecos y el cabello oscuro esparcido sobre la almohada como una sombra. Sus manos, siempre delicadas y elegantes